martes

Ye_yé y Siberia


Habían quedado para tomar unas torrijas con canela y azúcar en la plaza detrás del ayuntamiento. La cita la marcaban las flores de los almendros y la primavera insinuándose entre los abrazos polares de Siberia. El secreto estaba en llevar un solo guante, para estar a temperatura media en mitad de la plaza y a las seis y media de la tarde, de ese día, que como digo, no tiene fecha.
Como el que come fresas y le pone nata, era apetito del cuerpo a repetir el rito cada año. Cuando febrero avanzaba lo hacia acentuando la sensación de que el momento debía de llegar, y en un pestañear lo hacia. Y la veías abrigando su cuello con un pañuelo ligero, dejando bastante corazón al descubierto.
Habían quedado.... ella y la sonrisa de quien le puso el café, la música de quienes tocaban en mitad de la plaza, el señor mayor con su chaqueta de cuero de atravesar carreteras en moto, el hombre con su galgo tomando anís, la niña con churretes en la cara que parecía una amapola volviendo de jugar, el rubio con barbas que guarda la sonrisa para ocasiones especiales... había quedado con la calle, con ella misma y con las cosas que se ven con lupa.

Y jugaba a imaginar un bañador de terciopelo y bañeras de torrijas.